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miércoles, 25 de marzo de 2020

¡Al Sario! (J.J. Arazuri)

"Toros en el Mochuelo" Prudencio Pueyo h.1890. Vista actual desde el puente sobre el Sadar
Pamplona, hasta finales del siglo XIX, no dispuso de corrales propios en donde encerrar los toros que desde el siglo XIV se corrían todos los años en las onomásticas de Santiago, San Abdón y Senén, Sanfermines —salvo en circunstancias extraordinarias, como sucedía en caso de contiendas bélicas o lutos reales— y en celebraciones solemnes locales y nacionales.

De la dehesa al soto 
Ultimos "Caniquiris" lidiados en Pamplona en el
 año 1908. Entonces la ganadería 
pertenecía al 
 Conde de Espoz y Mina que el 
mismo año pasó 
a manos de Bernabé Cobaleda de Salamanca
Unos días antes de las corridas, los astados se trasladaban andando desde la dehesa, conducidos por vaqueros —como se llamaban antiguamente a los pastores de reses bravas— y arropados con mansos, hasta un soto próximo a la ciudad. Durante siglos se utilizaron los de Esquíroz, Barbatáin, Mutilvas, Cizur Menor, Mendillorri y, preferentemente, el pueblo de Salinas, cabe Pamplona, que además de buenas hierbas disponía de corrales para recoger las reses. 

Del soto a la Plaza del Castillo. Recorrido
Toros navarros en el corralón del Sario a 
principios de siglo (Foto Fidel Veramendi)
Buenos ducados se pagaban del erario municipal todos los años a los de Salinas por el herbajo —como se llamaba en Navarra al herbaje— que se comían los cornúpetas durante los días que estaban «en capilla», hasta la madrugada del día de la corrida en que se trasladaban hacia la Plaza por el camino real de Zaragoza (hoy avenida del mismo nombre) o, posiblemente, por el camino de Esquíroz, más solitario, hasta la Vuelta del Castillo, Cuesta de la Reina, portal de Rochapea, calle de Santiago o de las Descalzas (hoy de Santo Domingo), plaza de la Fruta (en la actualidad Consistorial) para subir por el Chapitel (actualmente calle de la Chapitela) hasta la Plaza del Castillo en donde se encerraban en corrales alquilados a los propietarios de casas cuyas traseras accedían a nuestra singular plaza, en los cuales, los carpinteros, improvisaban todos los años el toril. A partir de 1616, en que el Ayuntamiento mandó edificar la primera «Casa del Toril» o «Casa de los Toriles», los toros se acomodaron en los establos de aquella casa, la primera construída en la Plaza del Castillo después del convento de las Carmelitas. En 1651, la Corporación Municipal ordenó derribarla para levantar en su solar, y en el de las casas vecinas que compró, una nueva y más amplia «Casa del Toril». En la actualidad, esta casa es la que ostenta el número 37. 

1844: a la Plaza Vieja
1914. Seis ejemplares de la ganadería navarra de
Alaiza en el corralón del Sario (Foto Roldán)
En aquellos toriles se encerraron los toros durante más de dos siglos, hasta 1844 en que al construirse la primera plaza de toros fija, se entraron los astados en los corrales de aquel primer coso taurino y, posteriormente, en los siguientes. Digo «entraron» en lugar de «encerraron», porque el «Encierro» se denominó «la Entrada» hasta principios del siglo XX. En 1844 el Ayuntamiento subastó la «Casa de los Toriles» por 7.000 reales al año, siendo adjudicado el remate a los señores Matossi y Compañía para inaugurar el «Café Suizo», en parte instalado en los antiguos toriles. 

Sotos al sur del paralelo de Pamplona
Julio de 1920. Toros navarros de Cándido Díaz en 
el Sario. Con pintas de vacas lecheras tomaron 
25 varas, derribaron 15 veces y mataron 8 caballos
Durante el siglo XIX, las reses pastaron en los sotos de Salinas, la Cadena (San Juan de), Mutilva. En los primeros Sanfermines después de la segunda Guerra Carlista, en 1876, la prensa diaria recogió la siguiente noticia: «Toros en el soto de Mutilva. Hubo visita de numerosos apasionados al arte de Pepeillo, estando cubierta la carretera de gente». No es de extrañar, aquel año pastaron Carriquiris y Zalduendos. Por cierto, como curiosidad histórica: la primera ganadería, la más antigua de México, asentada en Toluca, se creó con sementales navarros llevados al continente americano por Hernán Cortés, procedentes de la ganadería Zalduendo de Caparroso.

1877 primera ganadería forastera
Toros de Espoz y Mina, antes Carriquiri, en el Sario
En 1878, los toros navarros se llevaron al soto de la Cadena, excepto una corrida de reses castellanas del Colmenar, pertenecientes a la ganadería de la Viuda de Mazpule, que se dejaron en el «soto llamado de la venta del Mochuelo», es decir, en el Sario. Aquella corrida se debió comprar porque el año anterior se lidiaron dos reses del mismo hierro en la corrida de Prueba, con mucha carne y poder. Gustaron, en parte, los toros castellanos, y el crítico taurino de «El Eco de Navarra» escribió la siguiente crítica: «Los toros castellanos no son tan voluntariosos como los navarros; pero en cambio son de gran poder, de modo que el toro del Colmenar que pega es bueno, muy bueno; pero el que dice que no, aburre y desespera al espectador. Raro es el toro navarro que no se presta a alguna de las suertes de la lidia, mientras hay muchos de los andaluces y castellanos que se niegan a dar juego en todas ellas; por consiguiente, en la duda debe ser preferido para la lidia en esta plaza el toro navarro. Sin embargo, una corrida de aquel ganado, entre las cuatro, puede pasar y casi es necesario». 

Desde 1877, las ganaderías en el Sario
En la imagen del SITNA 1929 (abajo) 
se ve claramente la Venta del Mochuelo 
(2) y detalles de la foto de 1895 (arriba)
En 1879 se continúa utilizando el «soto de la venta del Mochuelo» (venta que dio título al barrio que se formó varios lustros después, y que estaba situada, exactamente, a la derecha de la carretera de Tudela [error, estaba bajando de Pamplona a la izquierda (pincha y siguientes)], en el punto en que la del Sadar, hoy también llamada de la Universidad, desemboca en la avenida de Zaragoza a escasos metros del puente del río Sadar o «río Al Revés»). Aquel año fueron muchos los aficionados que acudieron a contemplar los astados. 
Después de las Vísperas, en 1880 y años sucesivos, aumenta el número de curiosos que acompañan a la «gente del toro» hasta el Sario. En 1893, el Ayuntamiento construyó en el centro del soto un corralón de piedra dividido por dos muros en cuatro corrales. En el soto pastaban las reses navarras trasladadas desde la Ribera andando. Las ganaderías castellanas y andaluzas se desencajonaban de las cambretas transportadas hasta la estación del Norte por ferrocarril. 

Origen (1899) de los Corrales del Gas
Así era el espectáculo del desencajonamien-
to antes de 1960 (Foto Pío Guerendiáin)
Desde 1877, año en que entraron las primeras reses a pastar al Sario, hasta 1898, ambos inclusive, pastaron en este lugar las siguientes ganaderías extrañas a nuestra tierra: Vicente Martínez del Colmenar, Viuda de Mazpule también del Colmenar, Duque de Veragua de Madrid, Conde de la Patilla, López Puente (Aleas) del Colmenar, Félix Gómez igualmente del Colmenar, Marqués del Saltillo de Sevilla, Carlos López Navarro del Colmenar, Eduardo Ibarra de Sevilla, Anastasio Martín de la provincia de la Giralda, así como la de doña Celsa Montfrede Viuda de Concha y Sierra que fue la última ganadería forastera que pasó por el Sario, y cuyas reses, al trasladarlas a Pamplona, se escaparon hasta el valle de Goñi (Valdegoñi, como se decía antes), por lo que se renunció a desencajonar toros castellanos y andaluces en el Sario, y se habilitaron los nuevos corrales del Gas, inaugurados en 1899 (ver tomo I, tema Desencajonamientos), siendo los primeros huéspedes los Miuras y los Concha y Sierra. 
En el Sario continuaron apacentando sólo los toros navarros hasta 1929 en que se encerraron los Alaiza. Las ganaderías de nuestra tierra que abrevaron en el «río Al Revés» fueron las de Raimundo Díaz de Peralta (a partir de 1879, de Funes), Carriquiris (desde 1884 del Conde de Espoz y Mina), Pedro Galo Elorz de Peralta, Zalduendos de Caparroso y Alaizas, que como ya hemos dicho fueron los últimos. No se lidiaron reses navarras —por lo que faltaron morlacos en el Sadar— los años 1911, 12, 17, 23, 24 v 27. 

¡Al Sario!
Así pues, en el comienzo de los años ochenta numeroso público, después de las Vísperas —que entonces, afortunadamente, terminaban antes de las 6 de la tarde— acudía al Sario. Los aficionados, la gente del toro, a contemplar y admirar la estampa y trapío de los astados que, apaciblemente, pastaban junto al regacho —hiperbólicamente denominado por los pamploneses «río al Revés», aunque los de Echavacoiz le dan este título al río Elorz—, indiferentes ante la presencia de los curiosos. Para los taurinos, la visita suponía un buen «aperitivo» para las próximas corridas v un estimulante motivo de discusión sobre la aparente casta y juego que darían en el ruedo. El resto de la concurrencia se llegaba hasta el Sadar bien para matar la tarde, pasear, presumir, castigar, tomar el aire, divertirse o merendar. 
Los pamploneses, crearon bien pronto un nuevo festejo sanferminero: «Al Sario», como le denominaba aquella multitud integrada por representantes de todas edades, sexos y clases sociales, que al terminar las Vísperas tomaban el camino hacia el Sadar con alegría y buen humor. Las chicas, en animada y bullanguera cháchara. Los mozos, cantando, bailando y calmando la insaciable sed con frecuentes tragos de vino de la bota, que cada uno llevaba colgando del hombro. Los «carrozas» —como les llamarían hoy a los treintañales—, con el puro al morro, discutiendo amigablemente sobre las ganaderías contratadas para las fiestas, e intercalando piropos a las pimpollos y «monumentos» que se cruzaban en el camino (antaño no se utilizaba el contemporáneo silbido). Las señoras, señoritas y señorones, en lujosos y relucientes landós o en coches de punto conducidos por aurigas elegantemente vestidos, cubiertos con brillantes chisteras orladas con escarapelas de la bandera nacional. Nunca faltaba un grupito de intrépidas amazonas elegantemente vestidas y cabalgando en preciosas jacas, sonriendo gozosas a los requiebros y lindezas de los jóvenes y ....también de los maduros. Tampoco faltaban en aquella romería festiva el grupito de jóvenes distinguidos, montando briosos corceles, destocándose ceremoniosamente para saludar a sus amistades y conocidos. La nota más llamativa la daban algunos polloperas —que enjaezaban sus cabalgaduras con arreos andaluces—, que cabalgaban con chaquetilla corta ceñida, pantalones estrechos protegidos con zahones repujados, calzados con botos, relucientes espuelas de plata y cubiertos con anchos sombreros cordobeses ladeados con coqueta presunción. Hasta picadores con traje campero bajaban al Sario, «haciéndose al jaco» sobre escuálidos jamelgos, que a paso lento y cansino, rumiaban resignadamente su tristeza con el presagio instintivo de su muerte próxima destripados en el ruedo de la plaza vieja. 
Salvo los Paúles (1930), así era Pamplona en 1880-1900
Como entonces no existía el barrio del Mochuelo —hoy de la Milagrosa—, después de atravesar las murallas por los portales de Taconera y San Nicolás —los más próximos al Sadar—, el camino resultaba delicioso entre los campos de cebadas y trigos en sazón, y con la alegría incontenible del comienzo de las Fiestas, que es lo mejor de ellas. La caminata se hacía corta, y sin darse cuenta llegaban al Sario. 
La estancia de las reses junto al río Sadar equivalía a un hotel de cinco estrellas: buena cama, agua a una pedrada del corral, sol y sombra a voluntad, y buenas y abundantes hierbas preparadas por el Municipio que impedía entrar ganado en el prado desde el mes de abril. 

1894: no acercarse al toro
Detalle óleo de P. Pueyo
En los primeros años de aquel festejo, los valientes y decididos entraban al soto y se acercaban a las reses, e incluso, según un testigo presencial, la Condesa de Espoz y Mina dio de comer en sus manos un puñado de alfalfa fresca a un toro de su ganadería. Aquella confianza con los astados desapareció en 1894 por orden expresa del Ayuntamiento, permitiéndose sólo contemplar los toros desde la orilla derecha del Sadar, separada del pastizal por el profundo cauce del río. A pesar de ello, había jóvenes que para presumir delante de las féminas, atravesaban el pequeño barranco hasta alcanzar el prado, y hasta daban algunos pasitos hacia las reses. Frecuentemente, ante el menor movimiento del morlaco más próximo, el regreso lo hacían tan precipitadamente que en muchas ocasiones se embarraban o mojaban en el riachuelo con el regocijo de los presentes. Aquellas «aventuras» daban tema de conversación a las señoritas y damiselas durante el retorno a la ciudad.

¡Fuera del Sario!
Detalle óleo de P. Pueyo
Al atardecer, los pastores gritaban: «A los coches fuera gente del Sario». Era la hora de abrevar el ganado. El público tomaba el camino de la ciudad tranquilamente, comentando, unos el juego que darían cada ganadería en la corrida; otras, las jóvenes, criticando los vestidos y modas de las de otros grupos, la elegancia de algunos caballistas, el valor o cobardía de los que habían osado meterse en el pastizal de los toros, y las personas circunspectas comparaban y definían las dualidades taurinas de los toreros que venían aquel año a la Feria y, ¡cómo no!, la carestía de la vida que se estaba poniendo imposible. 

Hasta 1911 y 1930
Así terminaba el segundo festejo sanferminero, —téngase en cuenta que el primero eran las Vísperas- que duró hasta 1911, por ser éste el primer año en que se dejó de lidiar reses navarras, por lo que, como ya hemos dicho, durante varios años el Sario estuvo sin inquilinos. 
Después del año 30, los corrales del Sadar quedaron abandonados. Solamente los mocetes solíamos jugar en ellos trepando a los muros y corriendo sobre ellos. Al final de los años cincuenta fueron derribados para ampliar los viveros municipales.

P. Pueyo: "Toros en el Mochuelo"
Detalle óleo de P. Pueyo
Sobre el festejo del Sario hemos encontrado, y publicamos, un documento gráfico de excepción: un óleo del artista local Prudencio Pueyo, profesor pamplonés y autor del cartel de Fiestas del año 1900, que representa los toros de dos ganaderías pastando en el Sario. Al fondo se ve el puente sobre el Sadar en la carretera general a Zaragoza, en su límite con el término de Cordovilla; dos grupitos de curiosos, acompañados por sendos pastores, se hallan próximos a las reses; numeroso público desde la carretera, el puente y la orilla derecha del río Sadar contemplan a los astados y, como ahora, el «río Al Revés» con poca agua. 
Esta interesantísima pintura tuvo que ser hecha antes de 1894 que fue cuando el Ayuntamiento impidió el paso de los curiosos al pastizal. Este lienzo es propiedad de la familia Abrego-Zarranz, la cual lo ha cedido graciosamente para ilustrar este libro. 

Cuándo pudo pintarse el cuadro (Desolvidar)
Detalle cartel 1900 de P. Pueyo
Desgraciadamente, no sabemos la fecha exacta en la que Pueyo pintó este impresionante cuadro. Así que vamos a intentar establecer una horquilla dentro de la que tuvo que pintarlo.
-Prudencio Pueyo Bildarraz nació en Pamplona el 24 de Abril de 1861
-1877 fue el año en que entraron las primeras reses a pastar al Sario. Pueyo tenía 16 años
-En 1893, el Ayuntamiento construyó en el centro del soto un corralón de piedra. Pueyo tenía 32 años
-1894 que fue cuando el Ayuntamiento impidió el paso de los curiosos al pastizal.
En teoría, pudo pintarlo entre 1877 y 1893 (no se ve en el centro del soto un corralón y sí curiosos en el lado del río donde están los toros).
Los expertos lo dirán, pero no parece ser una obra juvenil, sino que está considerada como su mejor obra. Por lo que sospecho que Pueyo lo pintó en los últimos años de la horquilla, entre 1890, 1891 o 1892, cuando tenía alrededor de 30 años. Y mientras no tengamos datos más precisos, lo fecharé así: "hacia 1890"
Y el cartel de fiestas de 1900 (39 años), con el gaitero y tamborilero y los gigantes bailando ante la antigua fachada y torre de San Lorenzo, quita también el hipo:

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