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sábado, 27 de julio de 2019

Wenceslao Lecumberri, "Uve", por Iriberri

Manolo González, Ángel Vizcay, Recalde, Marañón, Sabino... ¡y Uve!
Venceslao Lecumberri, "Uve" para todos los que lo conocen, nació en Pamplona, en la calle Descalzos, el 4 de octubre de 1906. 
Ese hombre con cara de niño que paseaba su fantasía por la ciudad, tratando primero de imitar a toreros, y después a futbolistas para defender los colores de Osasuna. 
'Uve' gozó de gran popularidad y simpatías en Pamplona. 
En la Casa Misericordia le hicieron un homenaje en el que participó gente del "Anaita", del Oberena, del Muthiko. y hubo un partido de fútbol entre una selección de veteranos de Osasuna y la selección de Boscos. 
Murió el 13 de abril de 1992

La esquela decía que murió a los 85 años de edad. Pero era una errata. Wenceslao Lecumberri Barrenechea, el popular Uve, tenía siete años. En realidad, siempre tuvo siete años. Cuando entró en la Casa de Misericordia, en 1914, y ayer, cuando salió de ella por última vez, hacia Berichitos. La enfermedad hizo de Uve un niño eterno que pasó la vida metido en una burbuja de inocencia, fuera del tiempo y del espacio que le tocó vivir. 
Murió con siete años y lo enterraron con 85, no debajo de la portería de El Sadar, como él tenía dicho en su testamento oral, pero al menos bajo una enorme corona de Osasuna y acompañado de Ezcurra, su presidente. 
Los escolares de San Francisco, los que tuvimos la suerte de crecer —es un decir...— en la libertad de las calles del Casco Viejo, podemos recordar hoy a Uve enmarcado en la orla de tipos populares. La Coja de la plazuela, que vendía a bastonazos chicles con azúcar, nísperos amargos y unos membrillos brillantes y jugosos; Maxi la cutera, que tiraba de un carrico metálico y recogía sobras para su pocilga de Errotazar, a pesar de la fama de rica, con montañas de pesetas escondidas en algún lugar; Hojalata, delgado como Manolete, que templaba el aire por las esquinas con unos naturales bañados en el tinto de La Cepa y el brillo de sus ojos profundos. Esos, y muchos más, pintaban la estrechez de las calles Eslava, Jarauta, Santo Andía, Descalzos, cuando no había tareas ni televisión, y sí tiempo que perder. 
Uve era distinto. Alto, desgarbado, andaba como a rastras y arrastraba las palabras al hablar. Le veíamos doblar la esquina y corríamos hacia él con el balón en la mano para ofrecerle un penalty que siempre marcaba entre aplausos. Hablábamos de Osasuna. Si era lunes, martes o miércoles, Uve justificaba su ausencia en la alineación del domingo anterior. Si estábamos a jueves, viernes o sábado, anunciaba con qué número saltaría al viejo campo de San Juan el domingo siguiente. Se parecía a los modernos economistas de Maastricht, que se pasan medio año anunciando lo que va a ocurrir y el otro medio aclarando por qué no ha ocurrido. 
Uve hablaba mirando al cielo, de donde sin duda recibía la inspiración, con la cara de asombro que da la inocencia. En medio del corro infantil gastaba lo que le sobraba: el tiempo. Terminaba su discurso y seguía calle adelante, para contarles lo mismo a otros chavales. Uve sólo tenía un discurso, el de Osasuna, y una camiseta, la rojilla. En el largo historial del club él fue el mejor: entraba en los planes de todos los entrenadores; en primera, en tercera o en segunda; en San Juan o en El Sadar; en la defensa o en la punta del ataque. 
—«Uve, ¿y el domingo?», preguntábamos a coro. 
—Pues, no sé, me ha dicho el entrenador..., respondía a trompicones con las palabras y aquella lengua que se le encasquillaba en la boca. 
Le tomábamos el pelo, pero nunca nos reíamos de él. Uve se hacía respetar porque era respetable. Cosechaba por las calles el respeto y el cariño sembrado por la Casa de Misericordia, que era su casa. Y, en último término, estaba avalado por los abrazos de los héroes de San Juan, los González, Eizaguirre, Eusebio, Areta, Recalde y otras glorias del legendario «Mau-Mau». 
Pero de eso hace ya tanto tiempo, que mejor no fecharlo. 
Porque el bolero de Uve detuvo el tiempo en sus manos. 
Pero, sobre los demás, el tiempo ha hecho estragos.
José Miguel Iriberri 
(15 de abril de 1992)
HEMEROTECA DN
14/04/1992
...a Wenceslao Lecumberri Barrenechea. popularmente conocido como «Uve», fallecido a primeras horas de la tarde de ayer a los 85 años de edad. Decano de la Meca, institución en la que ingresó con apenas 7 años, «Uve» ha sido sin duda el más emblemático de sus asilados. Afectado de una oligofrenia, esta enfermedad le hizo ser una persona ingenua de forma extrema, «yo lo calificaría como un Alonso Quijano auténtico y estoy seguro de que Cervantes tuvo que. conocer a una persona como «Uve» para escribir El Quijote», afirmaba ayer Ignacio Cía.

15/04/1992
Wenceslao Lecumberri Barrenechea, «Uve», fue enterrado ayer en el cementerio de Pamplona. En un breve acto íntimo hubo palabras de cariño para el que hasta el pasado lunes fuera el decano de los asilados de la Casa de Misericordia. Mientras el capellán de la Meca lo definió como un cristiano de Primera División, Miguel Angel Alústiza recordó las palabras del homenaje del que fue protagonista en 1980: 
"Osasunista, el primero; pamplonés, al cien por cien. 
Amigo del mundo entero, ése es 'Uve'. Va por él". 
Al entierro acudieron, entre otros amigos y compañeros, entre ellos Fermín Ezcurra, Presidente de Honor de Osasuna

19/04/1992 Cuadratines
...de Wenceslao Lecumberri, el popular Uve). Alguien, cansado de viajar, dijo: «feliz aquel que no ha visto más río que el de su pueblo». Ese hombre feliz era Uve, que nunca pasó del Arga ni siguió su cauce más allá de Miluce.

1 comentario:

bega dijo...

Gracias, por tantos recuerdos de Juventud, y el precioso homenaje a " Uve" un abrazo. Bejas-Bienvenida