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jueves, 20 de diciembre de 2018

Nicolás Ardanaz: Mi belén

Cada vez que paso por Ardanaz, en la calle Mayor, no puedo menos que recordar con cariño a aquel droguero -de profesión- y fotógrafo -por afición- que hizo mil belenes, pero que sabía que el mejor estaba en los alrededores de su ciudad.
Este artículo lo escribió para el número 14 de Pregón, en las Navidades de 1947
(pincha en todas las imágenes; casi todas son suyas y merecen la pena)

Mi belén, por Nicolás Ardanaz
Hace muchos años que pasaron ya para mí los tiempos felices en que los de casa montábamos el belén de Navidad. 
Alegres y juguetones subíamos y bajábamos de la tejavana, donde, en unos viejos cajones —siempre los mismos—dormían su sueño anual las figuras, las casas, los puentes, montañas de corcho y los lagos de cristal; esas mil naderías que llenaban de cristiana ilusión nuestras vacaciones navideñas. 
Nuestra buena madre era la directora artística y espiritual de todo aquel complicado y maravilloso artilugio… «Aquí la gruta del Misterio; más allá el puente con los Reyes Magos de cuello rígido y envarado; en lo alto el castillo de aquel fantasmón de Herodes...» Y al volver del duro bregar cuotidiano, el padre querido echaba «el visto bueno» y procedíamos entonces a «nevar » nuestro belén con unos puñados de rica harina blanca; pues, aunque parezca mentira, en aquellos tiempos felices era la harina el sustitutivo más económico de las nieves «eternas» de quince días. 
Pero pasaron los años, pasaron las personas y las cosas, y también pasó nuestro belén, repartido entre niños amigos, más niños que nosotros, que ya jugábamos a tener novia de mentirijillas.
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El que estas líneas escribe —niño zangolotino de treinta y cinco y pico de Navidades— nunca pudo zafarse por completo de la nostalgia del querido belén. Y mirad por donde, sin pensarlo mucho, me he encontrado de repente poseedor de un hermosísimo belén. Me atrevo a decir más: del más hermoso belén de Pamplona. 
No lo he presentado aún a ningún concurso porque no quiero arrebatar primeros premios a mis conciudadanos. ¡Oh! Mi hermoso belén tiene luces de día y de noche, en él amanece, crepusculea, truena y llueve y nieva, y sonríen en su paisaje la primavera y el verano. Tiene mi belén figurantes y figurantas, pastores, portadores de ofrendas y hasta... estraperlistas consagrados. Los otros belenes cuentan a lo más quince días de vida, y el mío vive, siente, piensa y sueña durante todo un año... ¡Oh mi amado belén, con sus rincones típicos, sus cuestas, sus puentes sobre un rio grande que no es de espejos y que marcha siempre hacia el mar! 
Cógete de mi brazo, amigo lector, y caminemos juntos por las sendas preciosas de mi belén. Saldremos primero de la Ciudad de nuestros desvelos. En la ciudad no hubo lugar para el gran misterio de la Natividad. Cristo eligió el aire puro y sano de las afueras. Atravesaremos primero una histórica puerta amurallada, de puentes levadizos, con ruedas, contrapesos y cadenas, y, por una rápida cuesta empinada, como las que de niños montábamos con corcho y aserrín, penetraremos bajo las ramas amigas de unos árboles viejos. Seguiremos bajando la cuesta descarnada y pendiente, y a nuestra izquierda oiremos el sordo rumor del río... ¡ el río de verdad de nuestro belén! En sus orillas lavan ropas humildes unas buenas mujeres, que ganan así su pan, mientras las aguas pasan cantando su canción sin palabras y besan las guerreras murallas de nuestra pacifica ciudad. Unos pasos más y nos encontramos marchando sobre las carcomidas piedras del puente sobre el río. ¡Apuesto dos capones gordos y sin epidemia... a que ninguno de vuestros belenes tiene un puente más bonito que el mío... Le llamaremos el puente de San Pedro, airoso y querido entre todos los puentes, lo mismo festoneado por la blanca nieve en los días de crudo temporal, que dorándose al sol del poniente, entre chopos amarillos y susurradores, en las inigualables tardes del Otoño. 

Pero sigamos andando, que nos espera el Niño, impaciente de cariños y oraciones. A la salida del puente, otra vez una arboleda con su pastor y sus ovejas de verdad, balando y pastando la verde y fina hierba del «Prau de la Cera», y a nuestra derecha una figura clásica y artistica de mi belén: un carro con sus bueyes metido en la playa del río: es el señor Paco lavando las cubas del Palacio de Ansoáin, aquel pueblecico pequeño y bonito, como de corcho, y que sirve de telón de fondo a mi belén. 
Aquí tendremos que pasar otro puente chiquito y macizo: «el Mochorro...» Tiene unos bancos de piedra donde suelen descansar las figuras animadas de mi nacimiento: los hortelanos, el pastor, las lavanderas, el guarda, la señora Gilda cuando vuelve de misa, los cazadores con los pesados morrales del almuerzo... Es un puente archidemocrático, aunque no sabe ni torta de política...; pero sabe cumplir con su obligación, y eso basta a los ojos del Niño. Después vamos a marchar por nuestra derecha, remontando el curso del río, que viene rezándole Salves a la Virgen pequeña que lleva su nombre (Virgen del Río), y a la sombra violeta de un viejo y rezador Monasterio, topamos en plena carretera con la figura más simpática de nuestro belén. Va pobremente vestido con el pardo sayal de los hijos de San Francisco, al hombro la alforja vacía, la oración en los labios y un perfil y unas barbas de nieve como las de aquellos hombres rudos que acompañaban al Nazareno…
Va a pedir a la Ciudad, porque hoy día corremos tanto todos que ni tiempo nos queda para ser portadores de ofrendas al Niño que espera sufriendo en la Cuna. Y por eso este Fray Serafín, con su dulce sonrisa, sabe llegar al corazón y sabe llenar las alforjas de ofrendas para el Niño de nuestro belén. 
Pero sigamos algo más adelante. Ya poco nos falta. Una, vieja carretera tranquila, sin fábricas, sin gallineros y sin barracones, pero con una fuente que mana agua de verdad... y en la orilla unos chopos curiosos que se asoman al espejo del agua. para ver sus airosas siluetas... Después, más figuras: son aldeanas de Eusa y Maquirriain, de Cildoz, de Zandio.., y van montadas en peludos rocinos, lo mismo, lo mismo que las figuras de «barro» de vuestros belenes...; pero las mías saben hablar, reír, llorar y sacar cuentas galanas de pollos, garbanzos y huevos... Y sin sentirlo, henos ya en la Cueva bendita donde todo el año, nos espera Jesús: un viejo convento de frailes barbudos y buenos y casi, casi, niños también ellos: y aquí, invierno y verano, mañanita y tarde, en la gozosa Natividad y en la Crucificada virilidad de su Pasión salvadora, todo el año me espera y te espera el Niño Jesús, anhelando oraciones en el Tabernáculo de los Capuchinos. 
Hinquemos las rodillas, paciente lector, y bendigamos, con corazón puro y alegre, este magnífico belén que es mío y es tuyo y es de todos los hombres de buena voluntad, habitantes de la vieja Ciudad amurallada que se llamó Iruña. 
Nicolás Ardanaz - Pregón nº 14 - Navidad 1947

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