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martes, 18 de abril de 2017

Una historia interminable, por Jesús Mª Osés


Una historia interminable
por Jesús Mª Osés
El autor señala que acabados los tiros y demás violaciones queda el fanatismo de la mente, el dogma de la lengua como visión única del mundo
Hemos asistido a la puesta en escena de una nueva página teatral transitoria hacia la nada. Al acto asistieron dirigentes de las instituciones políticas de esta Comunidad quizá pensando que, sin la valiosa y necesaria colaboración de quienes en otro momento participaron directa o indirectamente en la lucha armada, no se habría llegado a este final: la entrega de algunas de sus armas.
En el fondo de tanto asesinato, extorsiones, secuestros, exilios exteriores e interiores y miedos, el problema era que algunos de entre quienes los llevaban a cabo, los apoyaban o los dirigían no se habían dado cuenta de que la lucha armada para obtener sueños patrióticos resultaba ineficaz. ¡Puro fallo estratégico sin más consecuencias! Por eso ni hay que arrepentirse de lo hecho, ni hay que retractarse, ni hay que bajar los brazos: adelante por otros caminos.
¿Habrá que agradecerles el gesto de dejar de cometer tales tropelías? Nadie se libró de que una asociación privada, un club de gente exclusiva y una élite selecta en señalar, pensar y decidir, y otra más copiosa y necesaria, no pensante sino obediente y ejecutora de las órdenes por el mero hecho de serlo y de “venir de arriba”; un grupo apoyado, consentido muchos años y jaleado por lo que se llama “el mundo nacionalista vasco” decidió imponer su ley privada para matar, enclaustrar, expulsar y cobrar el “impuesto revolucionario”. Ellos elegían a quienes molestaban, con abundante información de chivatos, colaboradores necesarios, y ellos cumplían a rajatabla con el exterminio de los mismos. Planificaron cuidadosamente la limpieza de quienes fueron marcados como enemigos del pueblo vasco, de su lengua, de su condición de explotadores del proletariado vasco, de la aceptación del sometimiento al Estado Español. A todo esto se ha puesto final. No es poco.
Pero la historia no acaba aquí porque el daño es mucho más amplio que todo lo mencionado. No es sólo una cuestión de resultados políticos (fracaso claro), ni sociales (cada vez más alejados de la lucha de clases, de su sedicente socialismo), ni culturales (el PNV ha mandado la mayoría de los años desde el Gobierno autonómico con claras políticas favorecedoras de la cultura autóctona). Tampoco son sólo las consecuencias de perseguir el sueño de la independencia y de la libertad respecto al Estado: al final se convirtieron en los acérrimos enemigos de las mismas y podría decirse que quienes mataron por un País Vasco libre fueron los mayores criminales del país por el que decían luchar. Y, en fin, no es lo peor que cuando uno de ellos se pregunta ¿para qué?, el vacío se acabe tragando al que interroga: para nada.
El daño del que hablo es otro. Es el de la construcción nacional basada en factores culturales (“hechos diferenciales”), en la voluntad de decidir (romanticismo y sentimientos como elementos legitimadores) y en el dominio de las mentes mediante la hegemonía en el control de la educación y de la Historia como materia de enseñanza. 
Desde pequeños, como hizo con nosotros el régimen franquista, contaron historias ajustadas a sus objetivos: una arcadia feliz, Euzkadi, como escribió Arana, armoniosa, democráticamente entre iguales, cristiana en su esencia y en la que hombres y mujeres eran tiernos y amables, o fieros y belicosos según las circunstancias. Historias que enseñaban a los niños en algunas escuelas la necesidad de la violencia para ser libres, la aceptación del matar, del sufrir y de la destrucción como medios indispensables para llegar a esa primigenia arcadia. Serapios!, que diría Aramburu); y otra mística cuasirreligiosa, esta vez en torno al nuevo dios, la nación, en peligro de extinción por los ataques recibidos por el Estado hegemónico. Todo esto día tras día, metiéndolo en las cabezas de quienes no podían discernir por su juventud y se veían arrastrados por la manipulación que llevaba a aceptarlo de forma acrítica.
Unos entornos familiares y sociales que idealizaban estas prácticas y elevaban a categoría de “héroes del pueblo y de la nación” a quienes las llevaban a cabo. Una mística religiosa lo suficientemente ambigua, cuando no sostenedora del “conflicto” (¡Ay cuantos
Por todo ello la historia de esta situación no ha llegado a su término. Acabados los tiros y demás violaciones quedan las ideas en las mentes, cosa que no cambia con la entrega de armas. El fanatismo, el dogma de la lengua como visión única del mundo, la inutilidad total de la violencia para construir sociedades – que, recordemos, se levantan en la confianza en la ley común igual para todos y no en el miedo – la desindividualización y manipulación que hacen posible el acatamiento de decisiones jerárquicas permanecen como restos vivos grabados lenta pero cansinamente por los nuevos y viejos misioneros nacionalistas. Lo que ocurre desde hace dos años en nuestra Comunidad con el tema de la lengua y los símbolos da fe de lo que digo. Analizar con escepticismo las versiones, las escenografías y las declaraciones de quienes no solo produjeron tanto sufrimiento, sino que pretenden ser los dueños del lenguaje sobre los hechos es lo que procede. Discrepar, en este caso, es una obligación personal.

Jesús Mª Osés Gorraiz es profesor de Historia del Pensamiento Político de la UPNA 

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