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miércoles, 7 de diciembre de 2016

Iñaki Iriarte: Euskera y Política lingüística

agur proviene del latín augurium (agurium, en latín tardío): "augurio, presagio, 
anuncio, suerte"... De ahí palabras como agüero, agorero, inaugurar.
Dice la Real Academia de la Lengua Vasca que “desde hace siglos existe un empleo generalizado de la denominación Euskal Herria para designar un territorio con rasgos culturales bien definidos…”. Entre esos “rasgos culturales” el elemento más importante sería el euskera.
El problema empieza en el momento en el que se empieza a dibujar ese territorio en un mapa, haciéndolo coincidir, casualmente,  con “las siete provincias o territorios”, como quiere Euskaltzaindia.
La excusa perfecta para la cruzada nacionalista de euskaldunizar todo el territorio navarro, llevando el euskera a zonas donde no se ha hablado jamás, o dejó de hablarse hace siglos.
Como dice Iñaki Iriarte, necesitamos urgentemente una política lingüística que no enfrente a navarros con navarros. Que no premie a unos por “corregir” su identidad cultural ni agravie a otros, por resistirse a hacerlo 

Día del Euskara y política lingüística
por Iñaki Iriarte
No me cansaré de repetirlo: el euskara constituye un elemento fundamental de la identidad de Navarra. Ésta no sería la misma, si aquel desapareciera. Por ese motivo, la promoción y el fomento de la lengua vasca no deberían constituir un tema particularmente polémico. Deberían ser una de esas materias -como la lucha contra el acoso escolar o la preservación del medio ambiente- en la que coincidiéramos todos los partidos, aunque, como es lógico, pudiéramos diferir a la hora de proponer políticas concretas.
Por desgracia, sabemos que no es así. Hace tiempo que la política lingüística se ha convertido en uno de los temas más controvertidos –si no en el que más- de cuantos son objeto de debate en la sociedad navarra. El euskara es “venerado” por muchos, como se veneran los objetos sagrados. Se diría que, en una tierra con un pasado tan marcado por la religión, como la nuestra, y en donde se ha producido una secularización tan súbita, el vascuence funciona como un santuario en donde dar vía a las pasiones religiosas


.
A los vascos, es preciso confesarlo, no nos quedan muchas pruebas tangibles de nuestra hidalguía cultural. Ni tenemos un RH para nosotros solos, ni somos más fiables ni más trabajadores que los demás. Tampoco más indómitos, ni mucho más brutos (¡que se lo digan, si no, a los bearneses!). ¿Que tenemos un folklore muy rico? Seguro, pero tampoco nos sirve ya de gran cosa, porque ni siquiera en lo más profundo del Goierri guipuzcoano la gente va por la calle dando saltitos y abatiendo el arbolado a hachazos. Así las cosas, el vascuence ha quedado como la sola prueba de nuestro particularismo. Esto, por cierto, ya lo advirtió Arturo Campión hace más de cien años: sin el euskara nuestro pedigrí quedaba bastante en entredicho.
Sucede, sin embargo, que sólo una pequeña minoría de los vascongados y los navarros hablamos euskara (en muchos casos, no se crean, de forma muy chapucera, aunque, por suerte, quienes no entienden vasco no puedan advertirlo). La existencia de esa mayoría no vascoparlante, lógicamente, entraría en contradicción con esa supuesta hidalguía y constituiría, no ya una realidad incómoda, sino una amenaza que refutaría nuestra radical singularidad. De ahí que al nacionalismo le parezca tan urgente euskaldunizar a la población y, por medio de las barrabasadas toponímicas, también a los montes y los ríos.
Esta forma de entender el papel de la lengua vasca en nuestra identidad colectiva, hay que admitirlo, ha conseguido atraer a mucha gente. Pero también (es igualmente preciso reconocerlo) ha provocado en muchas personas una enorme desconfianza y un considerable desdén hacia ella -algo que nos resulta muy doloroso a todos aquellos que (nacionalistas o no) lo sentimos como algo propio-. 
Esa percepción negativa crece, naturalmente, cuando, por ejemplo, se comete el enorme error de “decirlo todo en euskera”, simplemente para fastidiar a alguien. 
O cuando alguien, conforme adquiere unos rudimentos de vascuence en una academia, reclama, no ya derechos para sí mismo, sino obligaciones para los demás. 
O cuando se proponen “incentivos fiscales” a las empresas que promocionen el euskara, fuera de las zonas vascófona y mixta (como hace la versión inicial del Plan Estratégico del Euskara del Gobierno de Navarra en su página 19). 
Necesitamos urgentemente una política lingüística que no enfrente a navarros con navarros. Que no premie a unos por “corregir” su identidad cultural y agravie a otros, por resistirse a hacerlo. 
A Baztan, Ergoiena o Areso no les sobra nada. Pero a Buñuel, Andosilla o Monteagudo, tampoco les falta nada. 
Necesitamos una política que respete nuestra realidad social y cultural, no una que la vea como una anomalía histórica que debe ser rectificada.
La Euskal Herria nacionalista 
Necesitamos, seguramente, entender la zonificación de manera mucho más flexible e incluyente. Pero no solo en una dirección, sino en ambas. 
Necesitamos que los recursos culturales se repartan de forma proporcional y con un ánimo integrador.
Y muy especialmente necesitamos que la gente se sienta libre y respetada por ser lo que es. No sobran euskaldunes, ni personas que desconocen el vascuence. El machismo, la intolerancia, los prejuicios, el odio religioso, racial o ideológico, son realidades que debemos esforzarnos por transformar desde la política, porque constituyen un mal. La realidad sociolingüística de una comunidad, no. No es mejor ser euskaldun que no serlo, como no es mejor ser judío, armenio o serbio, que no serlo.
Navarra necesita a toda costa que seamos capaces de aparcar esencialismos y llegar a consensos en esta materia. Lo contrario nos abocará a la incomprensión y el resentimiento. Evitémoslo.


Iñaki Iriarte López es parlamentario foral de UPN Iñaki Iriarte 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Iriarte siempre muy claro.En mi opinión un gran candidato de los pocos válidos junto Arizmendi