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jueves, 26 de marzo de 2015

Recordando mi primer recorte

Ese no soy yo. Tengo más pelo
La entrada de ayer, sobre el recorte milagroso de Juan Nieto, me ha traído un recuerdo que estaba aparcado en el desván del olvido. Y me he dicho: ¡a desolvidar!

Sería alrededor de 1975. Fuimos a Tudela, para asistir a la celebración de las Bodas de Oro de mi tío Benjamín, de la Compañía de Jesús. Recuerdo que comimos (muy bien, por cierto) en el propio colegio de los Jesuitas, en unas mesas redondas (para mí, las mejores) que tenían, a la altura de un brazo estirado, otra mesa, redonda y concéntrica, giratoria. ¡Pásame la sal! se giraba la mesa y ahí la tenías. Comimos muy bien y bebimos aún mejor.

Mi padre y sus hermanos aquel día, en Tudela
A la vuelta, por la antigua carretera, paramos a tomar algo en un pueblo en fiestas, que bien podría ser Arguedas o Valtierra.
No sé cómo, pero mi hermano Ramón desapareció y yo fui a buscarlo siguiendo el recorrido del encierro, que estaba atestado de gente.
No lo veía, y yo seguía y seguía por una calle muy laaaarga, hasta que llegué a un sitio más ancho (no veía ya los tablones del encierro) que sería una especie de plaza. Yo miraba entre el gentío y ni rastro de Ramón.
De repente se abrió un inmenso hueco entre la gente y se oyó un griterío preocupante. No, no penséis que era porque habían encontrado a mi hermano, no. Era por mí: un pedazo inmenso de vaca que se había arrancado hacia... hacia mí! Sí, hacia mí. ¡Pero, mira que había gente! Sí, pero para la vaca no había otro objetivo que el mozo de Pamplona.
Suelen decir que las vacas tienen un olfato especial para detectar a quién pueden pillar fácilmente. Pues, en este caso, ese pedazo de vaca acertó de pleno. Tocado por el sopor posprandial, encima bien regado de vino (Navarra, por supuesto), buscando desesperadamente a mi hermano, con un despiste de no te menees... ¡para rato me acordaba yo de que había encierro!
Si grandes son las vacas que sacan en la Ribera, la de aquel bendito pueblo era gigantesca. Y muy negra. Un ataúd con cuernos, que venía lanzado a cerrarse conmigo dentro. 

1980: Callejero y yo, mano a mano.
Correr no podía, porque no había ya tiempo y no estaba en condiciones. Entonces, en esa lamentable situación, me salió algo así como un reflejo que ni yo me lo creo todavía. Con la pierna izquierda amagué hacia ese lado y me retiré como buenamente supe hacia el lado contrario.
E, increiblemente, la vaca pasó, como un tren por un túnel, sin siquiera rozarme. Alguien, muy oportunamente, le lanzó un capote y pude retirarme, ya más aliviado, a la barrera.
Cuando llegué, una señora me dijo: "¡qué pálido estás, jodido!". Yo, con lo que me quedaba de voz, le pregunté: " ¿Y a quién aplauden?" Y me respondió, muerta de risa: "¡a ti, so tonto, a ti!
Y aún tuve que salir, disimulando la cojera (en el recorte me había hecho un esguince), a los medios a saludar.
Fue mi primer y único recorte que me salió bien. Del segundo ya hemos hablado y ya conocéis el resultado.

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