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domingo, 25 de noviembre de 2012

Pamplona: Mis murallas (1)

Éstas, las del Redín, fueron nuestras murallas hasta los 10 años

Introducción
Hace unos días asistí a una conferencia de Juan José Martinena sobre las murallas de Pamplona. En un tono coloquial, amenizado por antiguas imágenes del Archivo Municipal de Pamplona, fue desgranando sus vivencias en las murallas, vivencias salpicadas de anécdotas que consiguieron retrotraernos a aquellos tiempos infantiles en los que las murallas fueron nuestro lugar de juegos y aventuras.
Hablando de travesuras, nos contó que en la parte Este del Fortín de San Bartolomé, en el túnel situado en el foso, solía estar el famoso Agustín, y que ellos, al salir de Escolapios, iban a tomarle el pelo diciéndole que se había muerto Marisol u ofreciéndole algún inexistente "cigarrico".
Martinena consiguió que volviera a ver a aquel chaval de pantalón corto con un trozo de pan y una pastilla de chocolate corriendo hacia el Redín, logró que todos desolvidáramos viejos recuerdos de nuestra infancia y recordáramos nuestras murallas.

Mi padre
Debía de ser en verano, cuando las tardes son largas. Volvía del trabajo y venía al Redín, donde estábamos sus hijos (en aquellos años llegamos a ser 9). Sentado, cogía a los dos más pequeños, uno en cada pierna, y nos contaba algún cuento: "¿veis aquel monte? -señalando a lo que luego supe que era el Malkaiz-. Pues hay allí una cueva en la que viven unos ladrones..."
Aquellos ratos eran deliciosos. A la tarde siguiente estábamos esperando que apareciera sonriente por la calle del Redín.

¿Cómo estamos vivos?
Por aquellas murallas cayeron por aquellos años unas cuantas personas: La Nicuesa, Bengoa... Bengoa era un hombre muy interesante. Tenía un anteojo y solía colocar antenas de radio cerca del precipicio. Una mañana cayó. Yo vi cuando lo subían por el túnel en camilla. Iba con todo el cuerpo magullado, negra y roja la cara. Y rezaba.
Recuerdo otro caso mucho más leve. Había llegado la Vuelta Ciclista y desde una avioneta tiraban pastillas de jabón Chimbo en pequeños paracaídas (ahora dudo de si eso del jabón Chimbo no será fruto de mi imaginación). Aquel joven, corriendo por coger uno de ellos, no se percató del murete que protege el túnel y cayó por la parte más cercana a la puerta.


Hasta el 57 o 58 aún no habían levantado el muro protector que hoy, renovado, está a la altura del Caballo Blanco. Así, cuando el balón se escapaba rodando hacia la muralla, había que darse prisa (y jugarse el pellejo) para cogerlo. Porque si caía, había que dar toda la vuelta por el Portal de Francia.


Pues bien, éramos, con 6, 7 u 8 años, tan inconscientes del peligro, que un día (cuando todavía no existía el muro protector), no se me ocurrió mejor idea que colgarme del borde de la muralla, en la parte de mayor altura. Pero lo peor fue que mi hermano pequeño (año y medio menor que yo; no tendría ni 7) también se colgó y me retó: "¡A ver quién aguanta más!". Más vale que me entró un poco de cordura y dándome cuenta de que cuanto más tiempo estuviéramos colgados en el vacío, más nos iba a costar subir, luego, a pulso, dije: "me rindo". Y subimos los dos.
Pero a todo hay quien gane: cuando terminaron el muro, un chaval a quien no conocía (luego, me dijo que era de Valencia) se pegó, desde la esquina norte del muro hasta su terminación, una vertiginosa carrera (nunca mejor dicho) por su parte superior, con el vacío a su izquierda. Fue una impresionante y anónima inauguración.
Cada vez que me asomo ahora por ese muro, alucino con lo que hacíamos y de que aún estemos vivos.
Un juego muy divertido, los días de lluvia, bajo el frontón de la catedral, era intentar recorrer, con los pies en la cornisa y la tripa contra la pared, la estrecha cornisa que a 50 cm. del suelo recorre la fachada de la catedral. Eran sobre todo difíciles los semicírculos.
Más arriesgado era subir las gigantescas columnas colocando un pie en una y el otro en la otra. Esta técnica nos vino de maravilla años después, estando de monaguillos en Los Caídos, cuando bajaba a la cripta Vicente, el sacristán, pidiendo un monaguillo para ayudar a una misa y no nos encontraba, ya que nos habíamos subido por las paredes del estrecho pasillo. Pasaba jurando ("¡estos cabrones..!") por debajo de nosotros y teníamos que aguantarnos la risa para no caernos.

Mis estudios sobre la gravedad
ventana catedral
cañonera Portal de Francia
Yo, a esas edades, aún no me había enterado de que, si saltaba desde un metro de altura, me hacía menos daño que si saltaba de dos. Así que me puse a experimentar. Primero fueron las escaleras del atrio de la Catedral: una, dos, tres... me parecía todo los mismo. Luego me subí a la ventana que tiene la torre norte y que mira hacia la que era entonces Escuela de Magisterio. Y salté desde ella. Había aprendido la técnica de caer sobre las puntas de los pies y flexionar las rodillas. Tampoco tuve ningún problema.
Así que me fui a la cañonera del Portal de Francia, la que mira hacia la cuesta. Y salté. A pesar de mi depurada técnica (ahora lo entiendo), me hice gran daño en los pies. Y, lo peor, me di con la mandíbula en las rodillas.
Por fin había entendido la gravedad.
Pero se ve que no había escarmentado. Mucho tiempo después, con unos 20 años, un amigo me inmortalizó intentando ponerme cabeza abajo en el pequeño pilar, sin asideros, que está a la derecha (según se mira la placa) y por encima de la Placa de Zumalacárregui. Entre que no calculé bien el impulso y los nervios del fotógrafo, ésta es la lamentable imagen que podéis observar. (Continuará)

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Pero qué brutos sois los chicos y que gamberros. Y ahora, después de echarte la bronca, te digo que me alegro que estés vivito y coleando.
Después de todo, qué bien os lo habeis pasado en esos años, qué nostalgia te dará al recordarlo y desearás volver atrás, nos pasa a tod@s. Abrazos-------Lola

Anónimo dijo...

qué bien has hecho lo de los niños!! Nuria

desolvidar dijo...

a que parece que van explorando por las murallas? se lo has enseñado?

Anónimo dijo...

Si. Y no se podían creer lo que el tío patxi ha hecho

Anónimo dijo...

Me alegro de que mi charla, un tanto atípica, de hace unos días, te haya servido para rescatar esos bonitos recuerdos de tu infancia. Aquel inocuo "salvajismo" al que te refieres tenía mucho de sano, natural y hasta noble. Lo de ahora, con chavales medio autistas, enchufados todo el día a la tele, el ordenador o la consola, es sin duda mucho peor. No sé qué clase de personas van a ser el día de mañana. A veces pienso que está todo programado así de manera deliberada, para tenerlos controlados, dependientes y pasivos, para de este modo poderlos manejar como simples marionetas sabe Dios desde dónde...
Un abrazo

J. J.

desolvidar dijo...

Lola, yo creo que el comentario de J.J. responde muy bien a lo que dices de que los chicos éramos unos gamberros. Por supuesto que éramos mucho brutos. En la próx. entrada contaré algunas cosillas más.
Muchas gracias por tu comentario tan nostálgico

clementeljunco dijo...

¡Vaya recuerdos que has hecho aflorar a mi mente! Tal como comentas, no sé cómo pudimos salir ilesos de nuestra infancia. Yo no fui por el Redín, ni por las murallas ni por los fosos de la vuelta del Castillo hasta que tuve bien cumplidos los doce años, y por entonces lo hacía vigilado muy de cerca por mis tutores Maristas (estaba interno en el Colegio Santa María la Real, ubicado por entonces en la Calle Sangüesa). Pero mi más tierna infancia la pasé en Falces, allá por los años cincuenta y principios de los sesenta, y no veas la cantidad de veces que me vi envuelto en refriegas (a pedrada limpia) entre cuadrillas de barrios rivales. Rivales sí, pero sin acritud, porque después de unos buenos chichones y, a veces, heridas mucho más serias, nos poníamos a jugar a futbol todos juntos como si nada hubiera pasado. También me recuerdo escalando por los fuertes acantilados falcesinos, a orillas del Arga, intentando llegar, sin apenas medios, a los lugares más inaccesibles y recónditos. Y no digamos nada de cuando pretendíamos “poner un cohete en órbita” construyéndolo con simple cartón y metiéndole como combustible una especie de “pólvora casera” que fabricábamos con carbón vegetal, azufre y unas pastillas de, si mal no recuerdo, clorato potásico que se vendían en las farmacias para suavizar la garganta… Quizás no fuese muy correcta la fórmula empleada (no recuerdo de donde la habíamos sacado ya que entonces no había internet) pero te aseguro que aquello, con una cerilla, prendía que daba gusto. Sigo sin explicarme cómo fue posible no provocar algún incendio que otro.

desolvidar dijo...

Clemente, me has emocionado con lo de las pedradas: erais brutos, pero nobles. Tienes que buscar esa fórmula de la pólvora casera.
Un abrazo

ramón dijo...

Pamplona puede estar orgullosa de sus murallas, baluartes y ciudadelas, narrados por el ínclito Martinena y ahora por Desolvidar. Bien se merecen una canción del trovador de los burgos, Iñaki Lacunza.
Un paseo espléndido, con vistas inmejorables, nos ofrece el recorrido desde el Seminario, por la Media Luna, San Bartolomé, el Labrit, Barbazana, el Redín, palacio de los reyes,museo de Navarra, portal nuevo, hasta Larraina.
¡ Enhorabuena a Desolvidar por esta entrada que rememora una infancia feliz, aunque con riesgo !

Anónimo dijo...

Que tierno es lo que cuentas de tu padre,cuando llegaba al Redin,aquellos momentos deliciosos sentado, con un hijo en cada pierna,contándoles cuentos ¡buen padre!
Estáis vivitos y coleando, porque como decimos los niños tienen un ángel propio que va con ellos si no....
De todas formas ,los niños sois intrépidos ,como no he tenido hermanos, no sabía que los chicos de nuestra época jugarán así, pero mejor descubrir murallas y piedras estar con la naturaleza que lo que pasa ahora con la play la tablet etc etc Las murallas preciosas.
Felicidades patxi una vez más me he reído y me gusta mucho las cosas que cuentas ,escribe pronto la segunda parte de las murallas de Panplona.
N.H.