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domingo, 12 de junio de 2011

Dormitalería, 18: Lo que no cuentan los cuentos

Los cuentos y poemas que aparecen en esta entrada, se ruega encarecidamente (especialmente a las abuelas) no contárselos a los niños, ya que se basan en  el miedo, el horror... como medios para conseguir unos fines, todo lo respetables que se quiera, pero que quedan contaminados por el terrible instrumento que utilizan.
No es lícito traumatizar, amedrentar a los niños (y menos a nuestros niños) justificándolo en que "es por su bien", "es para que aprendan"...
Hoy en día hay otros sistemas. El mejor: el amor. Precisamente porque lo quieres, porque la amas, jamás los amedrentarás.
Porque, en contra de lo que dijo el teólogo jesuita Hermann Busenbaum ("cum finis est licitus, etiam media sunt licita"), el fin no justifica los MIEDOS.

En aquel dormitorio (con alcoba) de la calle Dormitalería (valga la redundancia), cuando estábamos todos (unos ocho) acostados, solían correr, bastante a menudo, romances, historias graciosas... Pero, sobre todo,  recuerdo un par de cuentos "infantiles" (hoy les pondríamos 3 ó 4 rombos) que no entendía muy bien, pero que conseguían dejarme sobrecogido. ¡Más vale que no dormía sólo!
Si, en la escuela, la letra con sangre entraba, en la calle, en casa.., la prudencia, el respeto... entraban gracias al miedo. No sé que tiene el miedo, pero, como los kilikis, conseguía atraerme por lo que encierra de misterio y por el afán de superarlo.
Luego me enteré de que algunos de esos cuentos y romances no sólo estaban extendidos por toda España, sino que constituían arquetipos universales que expresaban, según algunos, el inconsciente colectivo de la humanidad.
En esta entrada, además de traerlos recitados (cosa que no he encontrado en la Red), intento darles un significado para poder entenderlos. Ese intento de explicación es lo que no cuentan los cuentos ni los romances.

El collarcito de oro (...que en el zarzal me dejé...)
Digo collarcito, pero podría decir anillo, zapatos... Ya que de este cuento se han recogido en España 18 versiones distintas.
Se trata, básicamente de una niña que recibe un regalo de su madre (collar, anillo...) y, a pesar de la recomendación de ella, se va a jugar con el collar (en esta versión) puesto. Para no romperlo, se lo quita. Cuando anochece, vuelve a casa pero sin el collar. La madre le hace volver a buscarlo (¡mira que podía haberle dicho al papá que la acompañara!) y, cuando está en ello, en la noche aparece el "hombre del saco" que le dice que él lo ha guardado en el fondo del zurrón. Al asomarse, la niña es atrapada. El hombre la utiliza en las ferias y mercados para conseguir dinero haciendo creer a la gente que el zurrón canta. Por fin llega al pueblo de la niña donde un familiar reconoce la voz de la niña. Ella es liberada y el hombre tiene su merecido.
Escuchemos el relato:

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(Nota: este relato lo he sacado del blog "Cuéntame un cuento, mamá". Gracias)

La interpretación más básica nos dice que se trata de un cuento de advertencia: ¿ves lo que pasa por no obedecer a mamá? ... por andar por ahí de noche? ...por hablar con desconocidos? Pero, creo yo que, más concretamente, es un cuento de advertencia para niñas en la pubertad. No me parece descabellado decir que el anillo, el collar, los zapatitos... son símbolos femeninos que representan algo distinto de ellos. Y ese algo es, sin duda, la virginidad.
En este caso, el cuento recomienda a la niña que no deje su virginidad en "cualquier zarzal", y menos sola y de noche, porque cualquier "hombre malo" podría aprovecharse de ella.
Abundando en esta interpretación, en la versión que os he ofrecido, el "hombre malo" también tiene su merecido y "de tanto pinchar el saco" (saco: símbolo femenino) con la lanza (símbolo masculino) es "comido" por "sapos y culebras" (que cada uno lo interprete: sífilis, chancros, gonorreas.., en fin, todas las enfermedades de transmisión sexual).

El convite (¡Bebe vino Don Alonso...!)
De este antiquísimo romance no quedaba más que un par de versos (en la Ensalada de la Universidad de Praga, del siglo XVI) en la tradición escrita hasta que fue recogido en su obra sobre el romancero asturiano, de 1885, por Juan Menéndez Pidal (hermano de Ramón) en la tradición oral de esa preciosa Comunidad. Hay versiones en Cataluña, islas Azores, Brasil...
Brevemente, el romance nos dice que Alonso, hombre casado, va a casa de su amante Mariana y le comunica que tiene una boda el domingo. Ella aprovecha para recordarle que esa boda debería ser la de los dos. Él le da largas diciendo que es la de un hermano suyo. Mariana, viendo imposible su deseo, prepara un brebaje que vierte en el vino. Y, aunque él desconfía y desea que ella beba primero, termina envenenado:

video


Vengo brindado, Mariana,
para una boda el domingo.
-Esa boda, don Alonso,
debiera ser conmigo.
-Non es conmigo, Mariana,
es con un hermano mío.
-Siéntate aquí, don Alonso,
en este escaño florido
que me lo dejó mi padre
para el que case conmigo.
Se sentara don Alonso,
presto se quedó dormido.
Mariana, como discreta,
se fue a su jardín florido;
tres onzas de solimán,
cuatro de acero molido,
la sangre de tres culebras,
la piel de un lagarto vivo
y la espinilla del sapo,
todo se lo echó en el vino.
-Bebe vino, don Alonso;
don Alonso, bebe vino.
-Bebe primero, Mariana,
que así está puesto en estilo.
Mariana, como discreta,
por el pecho lo ha vertido;
don Alonso, como joven,
todo el vino se ha bebido;
con la fuerza del veneno,
los dientes se le han caído.
-¿Qué es esto, Mariana?
¿Qué es lo que tiene el vino?
-Tres onzas de solimán,
cuatro de acero molido,
la sangre de tres culebras,
la piel de un lagarto vivo
y la espinilla del sapo,
para robarte el sentido.
-Sáname, buena Mariana,
que me casaré contigo.
-No puede ser, don Alonso,
que el corazón te ha partido.
-Adiós esposa del alma,
presto quedas sin marido;
adiós, padres de mi vida,
presto quedaron sin hijo.
Cuando salí de mi casa
salí en un caballo pío
y ahora voy para la iglesia
en una caja de pino.

(Nota: Esta versión asturiana  ha sido extraída de "Parnaseo". 
En esa página se explican algunos conceptos.)

La interpretación no tiene mayor dificultad: se trata de una venganza. Mariana no quiere ser más "segundo plato", sino que pretende ocupar el puesto de la esposa de Alonso. Y como éste no tiene ninguna intención...
Llama la atención que Alonso se quede dormido en un banco, pero sabiendo que algunos escaños (y más el "escaño florido que me lo dejó mi padre para el que case conmigo") sirven también de lecho, no es de extrañar la somnolencia de él, tras yacer con Mariana.

La asadura (¡María, dame la asadura...!)
Este cuento era sin duda el que más miedo daba. Especialmente el final in crescendo, subiendo las escaleras, abriendo la puerta (para entonces ya estábamos con la cabeza debajo de la manta), y el agarrón final. ¡Y más vale que no sabía qué era la dichosa asadura!
Este cuento tiene varias versiones (un viudo y su hija; una viuda y su hija..; el difunto es, a veces, difunta) pero básicamente nos dice, en la versión elegida, que la madre (pobre, al quedarse viuda) manda a la hija a la carnicería a comprar lo más barato, la casquería: vísceras, pulmones,corazón... La chica (como siempre) se distrae y, para cuando va a la carnicería, ya está cerrada. Entonces, no tiene mejor idea que sacarle las vísceras a su padre, recién enterrado, con la esperanza de que la madre no se dé cuenta del engaño. Y así es: se las comieron para cenar tan ricamente. Pero, una vez acostadas, se oye al padre difunto reclamar, cada vez más cerca y con más intensidad, sus pertenencias, hasta agarrar a la hija en el paroxismo final.

video

(Nota: el relato ha sido extraído de  la Revista Alcántara)

Si el cuento lo tomamos al pie de la letra, lo que esta historia pretende es, al parecer, condenar (con el castigo del miedo) rituales ancestrales en los que se comían las vísceras de los difuntos para apoderarse de sus virtudes (y, de paso, saciar el hambre).
Pero mucho me temo que tiene que haber un significado más profundo que, lo siento mucho, a mí se me escapa.

Érase un pobre lancero (cásado, cásado con una dama...)
Este romance lo tenía totalmente olvidado. Cuando, hace unos años, lo leí parcialmente en el libro de Alejandro Ciarra (gracias por la partitura) "Canciones populares infantiles en las calles de Pamplona. Años 40", o cuando hace unos meses lo volví a leer completo en el blog de Nati (gracias, Nati, por la letra. Sin ti habría sido imposible desolvidarlo), tampoco fue capaz de provocar en mí el recuerdo. Pero me ha bastado escuchar en un piano las primeras notas, para caer en la cuenta.
Según una hermana mayor que yo, esta canción la oyó alguna vez a chicas mayores que ella, saltando a la cuerda. Yo no tengo ni idea del contexto, pero sé, gracias a la música, que alguna vez la escuché.

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Érase un pobre lancero
casado con una dama;
la dama tenía un hijo
mas hermoso que la plata.
Cuando su marido se iba,
la dama lo degollaba
con un cuchillo de acero
que le traspasaba el alma.
Al retirar la sartén,
el hombre en la puerta llama;
- siéntate marido y come,
que el niño en la calle anda.
A los últimos bocados,
el niño en el plato habla:
- no comas más, padre mío,
que soy tu hijo del alma.
- ¿Quién te ha matado, hijo mío?
- La dama , que es muy mala.


Es difícil comprender esta truculenta historia sin recurrir al psicoanálisis. Tomarla al pie de la letra no tiene ni pies ni cabeza. Hay, por tanto, que ejercer una labor hermenéutica que intente explicar los conceptos que en el poema aparecen:
  1. "La dama lo degollaba...": no se trata de algo físico, sino de una castración psicológica ("la dama le cambiaba al niño el chip") que intentaba conseguir que éste se transformara en una mujer, una mujer exactamente como la dama.
  2. "Siéntate marido y come, que el niño en la calle anda". A mi juicio, aquí está la clave: "Ahora que el niño no está, hazme el amor".
  3. "El niño en el plato habla...": cuando el padre va a llegar al final ("últimos bocados"), el niño le advierte del engaño.
En resumen, nos encontramos, en el fondo, ante una relación incestuosa inducida por la madre. Ésta, celosa del hijo y de la relación de éste con su padre, castra psicológica, pero muy dolorosamente, al chico y "lo prepara" para suplantarle a ella, sin que el pobre marido se dé cuenta ("el niño en la calle anda"), hasta que el chico desvela el engaño.

7 comentarios:

Ramón dijo...

Pues la verdad Patxi,que a mí los cuentos de miedo eran los que más me gustaban y no creo haber padecido ningún trauma.Es más,recuerdo mi infancia teñida de felicidad.Nos pasábamos el día jugando en la calle a los mil juegos que había entonces.Enhorabuena por las evocaciones.

Anónimo dijo...

Mi abuela y unos tíos míos vivieron treinta años en el número 3 de Dormitalería. Fue mi segunda casa.
Así que, agradecidísimo,
VM.

Anónimo dijo...

Patxi, no sabía de tus dotes para contar cuentos. Has conseguido ponerme los pelos de punta con el de la asadura. Como sueñe esta noche...
Mila

Anónimo dijo...

en las colonias de Biurrun, había una monitora ya mayor, que no tenía mejor cosa que contarnos, a la hora de dormir, una historia aleccionadora.La cosa es que siempre la protagonista era una niña de mi edad que inevitablemente hacia una tremenda ofensa a dios, tipo dejarse llevar por el juego y olvidarse de ir a misa, el caso es que noche tras noche venia el diablo y se la llevaba al infierno. Me castañeteaban los dientes de miedo y dormía en un duerme vela. me ha costado años superar los conjuros de esa bruja

desolvidar dijo...

Ante estos cuentos, que de infantiles no tienen nada, cada uno reacciona como buenamente puede. Yo pienso que es mejor guardarlos para cuando somos mayores y podemos entenderlos interpretando lo que quieren decir en el fondo.
El problema son esos adultos, como la monitora de Biurrun (o las interpretaciones de la religión con un Dios amedrentador), que disfrutan asustando a los críos. Se sienten poderosos así. Deberían ir al psiquiatra

Anónimo dijo...

Felicidades por tu imaginación, no se me habia ocurrido darle otra interpretacion, Muy bien. Un 10.

Anónimo dijo...

Me parecen perfectas las interpretaciones que haces, aunque haya quien se escandalice. Se podrán buscar otras, pero en la del Lancero creo que has acertado de plano.
Un abrazo,
maría