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lunes, 6 de septiembre de 2010

¡Agarradme, que lo mato!



Íbamos una tarde poteando por la parte vieja de Pamplona hace muchos años. Aquel vino peleón hacía a menudo estragos en nuestros cuerpos de veinteañeros y un amigo empezó a ponerse un tanto agresivo. Vamos, que con aquel vino infecto le dio peleona. Así que lo mandamos para casa y, cosa rara, enseguida se fue.
Salimos del bar para seguir la procesión y observamos un tumulto a las puertas de otra taberna. Curiosos nos acercamos y... ¡ahí estaba nuestro amigo enfrascado en una bronca! Él era alto, pero muy delgadico. Y el que tenía enfrente era un pedazo negro más grande que un armario y más fuerte que un morlaco.
En cuanto nos vio, nuestro amigo gritó: "¡Agarradme, que lo mato!".
Y ¡más vale que lo agarramos!
Salvando todas las diferencias, la actitud de aquel amigo se parece demasiado a esta última bravuconada de ETA

(haz clic sobre la tira de Oroz y vuelve)


COLECTIVO CIUDADANO LIBERTAD YA (MARÍA CABALLERO, RAFAEL DORIA, CHON LATIENDA, PATXI MENDIBURU, MIGUEL ÁNGEL RUIZ, CECILIA ULZURRUN) Lunes, 6 de septiembre de 2010.

Sería utópico esperar de ETA una capitulación en toda regla. El colectivo terrorista que ha hipotecado toda la transición española nunca asumirá que ha sido derrotado, ni pedirá perdón por sus crímenes, ni reconocerá que su delirio político ha dibujado una de las mayores cicatrices de la Historia reciente.

Nunca lo hará al menos en los términos que desearíamos oír quienes hemos padecido sus atentados, quienes soportamos desde hace medio siglo sus aspiraciones supuestamente políticas, cada vez más anacrónicas e infundadas. ETA nunca ha aportado razones convincentes. Se ha limitado a ir amontonando cadáveres a los pies de sus pretendidos enemigos, y ésa ha sido su única autoridad: la de las armas. Más aún, parece claro que en los últimos treinta años ha arrinconado cualquier conato de debate ideológico en sus propias filas para no sufrir una crisis de identidad que le hubiera obligado a recolocar a cientos de personas en la sociedad civil. Quizá los últimos que pensaron por su cuenta fueron los miembros de la rama político-militar, y hace ya tiempo que se reintegraron más o menos pacíficamente en el sistema.

Puesto que los terroristas habitan un mundo paralelo, parece inevitable que el lenguaje que emplean escape también a la normalidad: su fraseología ampulosa, siempre cargada de agravios históricos y de análisis ajenos a la lógica y al sentido común, es en el fondo una manera de protegerse, un escudo para ocultar sus carencias y el escasísimo rigor de sus planteamientos. Por eso, lo que hoy se impone es traducir el comunicado y las razones de los terroristas. Porque donde hablan de "nuevas condiciones políticas", o del "agotamiento" del modelo autonómico, o de la "encrucijada" de Euskal Herría, o de "la articulación del proyecto independentista", quizá lo que realmente están reconociendo es que se encuentran en fase terminal, abocados a un sumidero cualquiera de la civilización, que apenas son un borrón en una esquina remota del mapamundi.

Podrán vestir su abandono de las armas con razones tomadas de su debates internos, del Ulster o de los nuevos escenarios que la política ha ido dibujando en Euskadi, en Navarra y en España, pero detrás de cada una de esas frases rimbombantes y llenas de ínfulas se encuentra el trabajo indesmayable de cientos de guardias civiles y de policías que han trabajado de forma anónima durante muchos años, a veces mientras sus compañeros caían asesinados con una cadencia estremecedora.

Podrán despreciar en los párrafos vacíos de su declaración el trabajo de tantísimos concejales, diputados y políticos de muchas procedencias y formaciones que les han hecho frente -a ellos y a quienes les han amparado políticamente desde que España estrenó la democracia-, a costa muchas veces de su propia vida, pero son los nombres de sus víctimas los que han ido estableciendo esa frontera cada vez más nítida entre ellos y nosotros.

Podrán ignorar a sus víctimas, pero en el fondo de sus afirmaciones enfáticas y visionarias están confesando que el dolor inconmensurable que han causado no ha servido para nada, que están solos y desasistidos en un siglo que avanza por unos derroteros muy distintos a los suyos.

Esas y no otras son las verdaderas razones del comunicado de ETA. Los dos folios y las declaraciones efectuadas a la BBC son su bandera blanca, por muchos y muy distintos eufemismos que quieran emplear para adornar su iniciativa. Todo el texto sería perfectamente prescindible, si no fuera porque incluye la frase que deseábamos oír desde hace tanto tiempo: "ETA hace saber que ya hace algunos meses tomó la decisión de no llevar a cabo acciones ofensivas armadas". Es cierto que los antecedentes son inquietantes, y que la mayor parte de las treguas anteriores de ETA han respondido a estrategias inconfesables de la macabra partida de ajedrez que los terroristas se empeñan en disputar contra el mundo. Es cierto que la tregua nace bajo sospecha, y que las maniobras recientes y pasadas mueven al escepticismo. Es cierto que planea sobre lo ocurrido la sombra de una posible negociación, que sería tanto como profanar las tumbas de las víctimas. Pero también es cierto que hoy vuelve a haber motivos para la esperanza: sobre todo, porque las razones para el alto el fuego las hemos aportado nosotros, y no ellos.

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